viernes, 27 de marzo de 2009

Relato Histórico del 25 de mayo de 1809



El 24 de mayo transcurrió con un gran nerviosismo de los actores del drama, con el presidente y sus pocos leales vigilando los movimientos de los oidores y el fiscal y éstos haciendo lo propio con los de aquéllos. Los espectadores de primera fila: regidores, abogados, estudiantes de la Academia Carolina y la Universidad, doctores del claustro universitario, curas, comerciantes y empleados en agitada murmuración, en agrupaciones accidentales o convocadas.

Si Madrid tuvo su 2 de mayo de 1808, Chuquisaca iba a tener su 25 de mayo de 1809. Uno y otro suceso serían para la historia iniciación de una "guerra de independencia". El 2 de mayo de 1808 de la de los españoles contra los invasores galos. El 25 de mayo de 1809 la de los americanos contra la dominación hispana.

Los oidores y el fiscal se reunieron secretamente esa noche en casa del señor José de la Iglesia, que por ser el más antiguo tenía la categoría de decano y regente interino. Luego de animado cambio de opiniones, llegaron a la conclusión de que había llegado el momento de pedir la renuncia al presidente convenciéndole de que si no aceptaba era inminente un levantamiento popular de consecuencias imprevisibles en el que tanto él como todos los españoles de la ciudad y quien sabe de la provincia corrían peligro de muerte.

Comenzaban a esparcirse sobre la ciudad las penumbras del atardecer. Las campanas de las iglesias habían convocado ya a la oración del ángelus vespertino. Por puerta falsa de la residencia presidencial salieron silenciosamente los seis comisionados, cada uno armado con pistola y acompañado de cuatro guardias que portaban espadas. De Manera sigilosa y rápida se dispersaron rumbo a sus objetivos. La última instrucción que les impartió el presidente fue que actuasen “con prudencia y sagacidad, todos a un tiempo, sin dar lugar a la más mínima desazón en el público”.

Como la población vivía tensa y expectante en esos días en que se esperaba un desenlace en la crisis existente en las relaciones de las autoridades, la salida de los pelotones de arresto fue detectada por algunos transeúntes. La noticia se esparció como llama en reguero de pólvora. Todos quienes creían estar en la lista de los enemigos del presidente se pusieron inmediatamente a buen recaudo. Buscaron refugio en casas de amigos neutrales, en los conventos o salieron de la ciudad trasmontando paredes, subiéndose a tejados y apresurando el paso de un domicilio a otro con la cara semicubierta con un sombrero gacho y el cuerpo envuelto en larga capa.

Las sombras de aproximación de la noche ayudaban a su escurrimiento.

Los oidores Vásquez Ballesteros, Ussoz y Mozi y el fiscal López Andreu no fueron encontrados en sus viviendas porque asistían a una reunión en la morada del decano José de la Iglesia. Allí fueron avisados de que se los buscaba. Cada uno procuró su salvación por separado. Vásquez Ballesteros se oculto en un rincón de la misma casa, Ussoz y Mozi corrió al convento de San Felipe Neri, que quedaba muy cerca. López Andreu salió de la ciudad a paso presuroso por el arrabal más próximo.

El teniente Real de Asúa fue el único que halló a su presa. Sorprendió a Jaime Zudáñez en su vivienda. Ignorante del peligro, estaba "tomando unos pocillos de chocolate" con u amigo Patricio Malavia. Fue llevado por las calles tomado de cada brazo por un soldado, con otros dos por delante con las espadas desenvainadas y el oficial cerrando el grupo con su pistola apuntada a la espalda del prisionero. La hermana de Zudáñez iba más atrás gritando: " ¡Paisanos, defiendan a mi hermano. Lo llevan a la cárcel por leal y buen vasallo!". Se le adjuntaron gentes que clamaron: "¡Traición, traición, favor al Rey y a la Patria". El mismo abogado caminaba pidiendo socorro a voz en cuello.

Fue llevado al cuartel de veteranos, pero como comenzara a agolparse público en actitud hostil, se lo trasladó rápidamente a la cárcel de la Audiencia y encerró en un calabozo. En menos de media hora, miles de personas se arremolinaban vociferantes frente a la residencia presidencial en cuya parte trasera estaba la cárcel. El relato de lo ocurrido la noche histórica de Chuquisaca se lo hace sobre la base de versiones de varios actores, principalmente del subdelegado del partido de Yamparaez, Juan Antonio de Arenales, el aguacil mayor de la Audiencia, Manuel Antonio Tardío, el mulato portugués Francisco de los Ríos, alias Quitacapas y el arzobispo Moxó y Francoli.

Alvarez de Arenales, nacido en un pueblo de Castilla la Vieja, en el seno de distinguida familia, ingresó a la carrera militar a los 13 años y desde los 14 estaba en América. Tenía a la sazón 42. Había sido durante más de un decenio subdelegado en Arque, Cinti y actualmente lo era de Yamparaez. Tenia licencia de la Audiencia para viajar al día siguiente a visitar a su esposa y 5 hijos que residían en Salta. Los sucesos que comenzaban a producirse iban a cambiar radicalmente su destino. "Ese jueves 25 de mayo, después de haber estado en su alojamiento todo el día, salió poco antes de las 7 de la noche. Encontró en la calle "gentes despavoridas que corrían gritando: " ¡Viva el Rey, que aprenden a los señores oidores, a los regidores, a los Zudáñez y a otros!". Siguió hacia la plaza por la calle de la capilla de la Virgen de Guadalupe. A la luz de la luna llena distinguió una mayor y más bulliciosa agrupación delante de la residencia del presidente García Pizarro. Se aproximó. Fue informado que Jaime Zudáñez estaba dentro. Alguien sugirió que se llamase al arzobispo, a fin de que hiciese valer su condición de prelado y de amigo personal del presidente para salvar a Zudáñez, que seguramente estaba en peligro de muerte.

Un grupo se desprendió de la muchedumbre y se encaminó al palacio arzobispal. Desde la calle se pidió a gritos al mitrado su intervención. Salió acompañado de Arenales y el oidor Conde de San Xavier. En el domicilio presidencial, se convenció al teniente general García Pizarro de la urgente necesidad de soltar a Zudáñez para evitar hechos muy graves contra él mismo y todos los españoles de la ciudad. Mientras se desarrollaba la conversación, el pueblo gritaba fuera y apedreaba puertas y ventanas de la casa pretorial. "Era tanta la gritería y el ruido de la pedrea que los interlocutores apenas se podían entender". Una descarga de fusilería de los guardias al aire exasperó más al populacho.

García Pizarro acabó accediendo. Jaime Zudáñez era el menos importante de quienes había querido hacer apresar.

No era sino un seguidor de su hermano Manuel, el más díscolo de todos los abogados. Lo hizo comparecer ante sí y le dijo: "Queda usted en libertad". Zudáñez respondió: "Muchas gracias, señor. Mañana vendré con mi hermano a hablar con Vuestra Excelencia". El presidente replicó: "Vaya usted y sosiegue a esa gente, que todo se ha acabado".

Zudáñez salió a la calle acompañado del arzobispo y el Conde de San Xavier por la puerta falsa, pues la pedrea sobre el frontis principal continuaba. Fue levantado sobre los hombros de algunos cholos y llevado en triunfo en medio de grandes aclamaciones. Se convirtió en el héroe de la noche.

Al saber que el presidente estaba acorralado en su residencia, con sólo 14 guardias, todos quienes se habían ocultado salieron a unirse a la muchedumbre. Juan Manuel Lemoine, habiendo vencido sable en mano la oposición de los frailes, subió al campanario de San Francisco a tocar a rebato. El francés José Sivilat y un sirviente de Jaime Zudáñez ejecutaron lo mismo en la catedral. El aguacil mayor Tardío, juzgando que suelto Zudáñez toda la concentración debía disolverse en vez de ser aumentada con el llamado de las campanas, los desalojó. Hizo cerrar con llave la portezuela de ingreso a la torre. A los pocos minutos, los bronces catedralicios reanudaron su tañido de convocación y de alarma.

La excitación era general en toda la ciudad. Gentes de los dos sexos y todas las edades convergían hacia la plaza. No todos mostraban la cara. Se veía a algunas personas con el rostro cubierto con un pañuelo y con ponchos indígenas, empero, "medias y zapatos finos" denunciaban su condición social. "Se veían también algunos indios llegados de los alrededores".

José Bernardo Monteagudo, mozo de 19 años, hacia alarde de su belicosidad empuñando una espada y luciendo dos pistolones en el cinturón. La esposa del oidor Ussoz y Mozi, único ministro casado, gritaba a quienes pasaban por su casa:

"¡Vayan y ayuden!". El alcalde ordinario José Antonio Fernández exclamaba: " ¡Vayan, vayan hijos, que nos quieren entregar a la Carlota!". El criollo Manuel Sandoval, en compañía de otros, desde su tienda, aconsejaba: "Muchachos, griten ¡Viva la república!".

El pueblo chuquisaqueño se movía como un oleaje arrastrado por diferentes corrientes. Actuaba, principalmente, por su propio impulso, en romántica defensa del Deseado, el Amado, el joven Rey de quien le habían dicho que era la personificación de todas las virtudes, que estaba desterrado de su patria por decisión de un déspota, a quien el residente Pizarro y el arzobispo, abusando de que estaba cautivo, querían hacerle perder su trono, sus dominios y sus vasallos entregándolos a Portugal y el Brasil. Lo habían incitado con estos infundios los oidores, algunos elementos de la Universidad y ahora lo empujaban a expresar con gritos y amenazas su repudio a ese presidente porque era un traidor. Lo movían elementos criollos de la clase intelectual, doctores en leyes, estudiantes de la Academia Carolina y comerciantes antiespañoles, para que expresase sus ansias de libertad con un gesto de rebeldía, de ejercicio de la soberanía popular, dando un paso inicial en el camino hacia una meta gloriosa.

Entre la gente del bajo pueblo los más exaltados eran el joyero Lorenzo, que le dijo al aguacil Tardío que esa noche se mataría a todos los españoles europeos, y el mulato Quitacapas. Se escuchaban vivas a Fernando Séptimo, a la Patria, a la Libertad y mueras a Pizarro.

Esa noche repartían por cuenta de ellos, dinero, coca, cigarrillos y aguardiente (a veces mezclado con pólvora para hacerlo más excitante).

Hubo reunión de principales en casa del decano don José de la Iglesia. Concurrían el anfitrión, los oidores Ballesteros, Ussoz y San Xavier, los hermanos Zudáñez y Lemoine, Domingo de Aníbarro, Arenales y algunos más. El cónclave decidió demandar al presidente que entregase los cañones y fusiles que tenía en su residencia. Quedarían en el Ayuntamiento bajo la responsabilidad del ministro semanero, señor Ballesteros.

El oficio dirigido al teniente general García Pizarro declaraba que era el único medio de "conciliar la tranquilidad pública tan notoriamente, alterada". Otra comunicación del decano al jefe político dijo: "Es necesario tranquilizar al público y evitar las malas consecuencias que pueden haber porque a las órdenes del tribunal, si no se pone remedio, está todo el vecindario resuelto a una forzosa defensa y no queriendo el tribunal efusión de sangre, ni desgracias, interesa al respeto de Vuestra Excelencia, para que todo cese, que tratemos mañana de lo que convenga, según corresponda al decoro de todas las autoridades". Llevaron los pliegos el oidor Ballesteros, el oidor San Xavier y el señor Arenales. El general aceptó entregar los cañones, pese a la oposición del oficial VianquL.

Se abrió un tanto una de las hojas de la puerta principal y se dejó entrar a algunas personas para extraer los cañones.

Se los fue entregando sin sus cureñas hasta la cantidad de nueve. Ingresó más gente para pedir los fusiles. Como su tono se hiciese muy amenazante, los guardias dispararon. Cayeron dos hombres muertos en el zaguán. Todos los que estaban dentro escaparon. Cuando salía el último, un esclavo del cura Balanza, los guardias cerraron violentamente la puerta.

El negro quedó atrapado por un pie. Sus compañeros lograron arrancarlo, pero mal herido. Falleció dando gritos de dolor.

Las tres muertes empujaron a la muchedumbre a una actitud más decidida. Un grupo corrió a la cárcel del Ayuntamiento a sacar a los presos, típico gesto de rebeldía popular. Lo encabezó Quitacapas que arrebató la llave de la reja al alcalde y una vez que los delincuentes estuvieran fuera la entregó en la plaza "a un señor bajito que llevaba un bastón con puño de oro". Juan Paredes lo nombró "capitán de los cholos" y le ordenó fuese a la quinta de Paravicini a sacar la pólvora que se guardaba allí. Ríos, acompañado de pocos hombres, varias mujeres y chiquillos, cumplió la misión. Se acercó disimuladamente al centinela, le arrebató su espada y entró en la casa con sus secuaces. Extrajo la pólvora y la hizo llevar a la plaza.

Paredes hizo colocar los cañones en la esquina de la plaza y en las otras bocacalles desde donde se tenía a la vista la residencia del gobernador intendente. Se los disparó intermitentemente, con poco efecto, pues los proyectiles no llegaban a su objetivo. No era posible una mayor aproximación porque los guardias que defendían la casa pretorial la impedían con sus fusiles.

Los personajes reunidos en el domicilio del decano determinaron que había llegado la hora de pedir la renuncia del presidente.

Los oidores firmaron un oficio que Juan Antonio Álvarez de Arenales se encargó de llevar al presidente: "Excelentísimo señor: El escandaloso hecho que de orden de Vuestra Excelencia se trató de ejecutar a cosa de las siete de esta noche y que ha comprometido hasta el último extremo la tranquilidad y sosiego en tal consternación que no encuentra el tribunal otro arbitrio para restituirle su antigua tranquilidad, que el que Vuestra Excelencia, en obsequio a ella, entregue inmediatamente el mando político y militar, como el pueblo lo pide con firme protesta de no aquietarse hasta que se verifique. El tribunal, pues, a nombre del Rey, y como eco fiel de estos generosos habitantes, lo intima a Vuestra Excelencia y espera su más puntual cumplimiento. Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años. Plata, 25 de mayo de 1809, a las 11 dadas de la noche. José de la Iglesia.- José Agustín Ussoz y Mozi.- José Vásquez Ballesteros.- El Conde de San Xavier".

Los oidores pedían la renuncia del jefe político y militar de la provincia declarando que era exigencia del pueblo. ¿Actuaban como agentes de la voluntad popular? ¿Los oidores se servían del pueblo o los revolucionarios que agitaban al pueblo se servían de los oidores? ¿O era un doble artificio engañoso en el que los unos creían que estaban aprovechando de la ingenuidad de los otros? He aquí otro de los misterios de esa noche.

Luego de rápida consulta con su secretario Castro, que era el único de los leales que permanecía a su lado, el teniente general García Pizarro contestó por el mismo conducto de Arenales: "El mando que me ha dado el Rey no puedo dejarlo sin causa, porque la prisión de don Jaime Zudáñez era justa como lo han de saber Vuestras Señorías. Sin embargo, nos juntaremos mañana en acuerdo y trataremos una materia así grave. Dios guarde a Vuestras Señorías muchos años. Ramón García Pizarro". Los oidores replicaron mediante comunicación que llevó el aguacil mayor Tardío, diciendo que, pese a sus deseos de conciliación, sus propósitos eran invariables.

Volvían a pedir al presidente que depositase el mando en el tribunal como estaba obligado por las leyes y para evitar "funestos sucesos".

Cuando numerosos grupos se precipitaban por la abertura, aparecieron los mensajeros. Mostraron un papel diciendo que contenía la renuncia. El gentío se dispersó por las calles con aclamaciones de alegría.

La dimisión, por su desalmada redacción, muestra que fue escrita por el mismo presidente, con el cansancio de ocho horas de vivir bajo la amenaza de una población enardecida en su contra y en momentos en que se preparaba a dar un asalto final para acabar con su vida. Decía así: "Contesto el tercer oficio de Vuestras Señorías y pensé que todo estaba acabado, este terrible escándalo, por ofrecerme el señor Ballesteros que dando la artillería que el ofrecía guardarla por su cuello cuando vino con el tumulto por el sosiego y que no hubiese desgracias lo concedí y se les entregó y luego y con ella han hecho fuego y pidiendo los fusiles de la tropa, el señor San Xavier me ofreció lo mismo y que mañana sería todo paz y unión de Vuestras Señorías conmigo y el señor arzobispo.

Antes nada les ha contentado. Vuestras Señorías depónganme que en su mano está porque vean mi graduación mi honor y así dispongan lo que quieran dejándome con la dignidad que es razón que mañana lo pueden Vuestras Señorías tratar que por la salud de la tierra a todo me acomodaré pues deseo darles gusto y tranquilidad al pueblo. Dios guarde a Vuestras Señorías muchos años. La Plata, a las tres de la mañana de 26 de mayo de 1809. Ramón García Pizarro".

“25 de mayo de 1809” (Roberto Kerejazu Calvo)

Rodrigo Miranda G.

Nava Juan de Dios

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